Introducción

El amor yace a merced del hombre, y el hombre es vulnerable al amor. A través de nuestra libertad, nosotros podemos elegir una de las tantas maneras que se nos ofrecen para relacionarnos a propósito de la sexualidad…pero la pregunta es: ¿por ser igualmente elegibles nos darán iguales resultados en términos de realización existencial? Hoy se nos ofrecen, en los medios, la literatura, las revistas del corazón y hasta en las leyes diversos modos de relacionarnos a propósito de la sexualidad. Al margen del amor conyugal y el matrimonio se ofertan la unión libre, el concubinato, el intercambio de parejas, el free o incluso extremos como la homosexualidad. Pero, ¿son todas iguales? ¿Todas realizan por igual lo que somos como personas? ¿Habrá alguna que pueda ser considerada la formula natural de nuestra humanidad? ¿Son en realidad formulas muy nuevas?Al parecer, el hombre de todos los tiempos y de todas las clases sociales ha decidido los términos conforme a los cuales se relaciona, pues ningún animal elige antes de aparearse cuál sea la mejor formula. Los animales se aparean sin mayor preámbulo, siguiendo su instinto, con el único fin de preservar la especie. El hombre, sin embargo, no puede limitarse a su esfera biológica. El hombre es cuerpo y es espíritu, y para un verdadero equilibrio, sus dos naturalezas deben estar en armonía. Por eso, cuando el hombre ama, ejercita plenamente su libertad, sin importar el momento y el lugar en el que viva. Además, todas estas formulas que hoy se nos ofrecen como muy “snob” existían antes que Matusalén, ya en la Grecia o en la Roma clásica existieron auténticos movimientos de liberación sexual, que al cobijo de filosofías epicúreas proclamaban el placer como el supremo bien del hombre.
A pesar de todas estas alternativas, de todas estas fórmulas, ha sido el amor conyugal y el matrimonio lo que se ha erigido como la mejor opción. ¿Por qué? ¿Será que el resto de alternativas encierran en realidad el secreto de la realización personal y que perniciosamente se nos han ocultado y prohibido para fastidiar nuestra realización? ¿No será que el amor conyugal y el matrimonio son en realidad la mejor opción, la única capaz de realizar lo que en realidad somos?. Amar conyugalmente esta ahí, es otra alternativa de las tantas que podemos elegir con nuestra libertad, pero a diferencia del resto es la fórmula de nuestra humanidad corpórea y personal. Para asumir esta opción, es necesario que cada uno esté instalado al frente de su vida, que se haga cargo de sí mismo y la dirija, sorteando los peligros que puedan surgir pero provocando lo que uno se propone y proyecta.

Materia y Tiempo
Los Espacios y Tiempos de nuestra Vida

Todos nosotros nos encontramos en medio de dos contextos que interactúan entre sí: el material y el cronológico. Cada uno posee una capacidad de relacionarse con su entorno, que aunque puede implicar una limitación en distintas áreas es, al fin y al cabo, la única posibilidad de realizarnos. A lo largo del tiempo que vivimos, vamos adquiriendo ciertas habilidades para responder al medio de un modo personal y para ir creando nuestra propia historia. Aunque desde el instante en el que fuimos concebidos somos algo ya dado, con el paso de los años vamos construyendo lo que somos a través de lo que hacemos. Y en la vida de entrelazan muchas “historias” a la vez: somos hijos, hermanos, amigos, esposos, padres, profesionales…y todo al mismo tiempo.La vida es un caleidoscopio de oportunidades, un ramillete de mil posibilidades distintas, un laberinto de decisiones que poco a poco van esculpiendo la esencia de la persona que somos. Es un barco en altamar, hecho para remar mar adentro, que puede llegar a muchos puertos, pero sólo el saber adueñarse del timón y hacer realidad nuestras mejores posibilidades de vida puede llevarnos al puerto que guarda nuestra felicidad y nuestra plenitud. La vida exige tres cosas principales que conforman su sentido: la dirección, que es querer llegar a la meta que uno mismo se ha puesto: el contenido, que es un tema específico, como el amor, el trabajo y la cultura; y la unidad, que es esa continuidad que le otorgamos a todas nuestras acciones.

Algunas de las dimensiones, como ser hombre o mujer, forman parte de nosotros. Sin embargo, hay otras de ellas que elegimos libremente, como ser esposo, tener hijos, tener amigos, ser abogado, escritor, deportista…Éstas requieren que decidamos también destinar el tiempo y el espacio necesarios para hacer realidad sus posibilidades. El matrimonio y la familia, concretamente, exigen espacio y tiempo que nos ayudarán a convertir en realidad el potencial de la bondad y la belleza que pueden tener en la vida. Para lograr esto, es necesario dejar claras las prioridades de cada una de nuestras dimensiones, porque vivimos nuestra vida en función de nuestras prioridades; son ellas las que estructuran nuestro tiempo y espacio. El matrimonio y la familia no admiten segundos lugares en esta jerarquía biográfica de prioridades, y no pueden estar “empatados” en primer lugar con otras. La única dimensión biográfica que puede coexistir con otras sin demeritarlas o despreciarlas es nuestra relación con Dios. En la dimensión del amor conyugal, sin embargo, se necesita que además del tiempo que requiere la relación en sí, se dedique un poco al conocimiento propio y de la persona amada y del matrimonio como relación. El amor demanda dedicación y preferencia sobre otras cosas para poder triunfar y desarrollarse en plenitud.


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Estructurados para el don

El hombre no es un ser solitario. Somos necesariamente para los demás, un ser que no puede ser sin los demás, que no puede ser en sí mismo, sino para los demás. Somos seres que se apoderan del mundo amándolo. Al amar nos damos, y al darnos hacemos nuestro el objeto de nuestro amor.

El hombre no puede vivir sin amar, pues el amor es nuestra estructura y dinámica más radical. El hombre ama y lo hace todo el tiempo; ama lo bueno o lo malo, el vicio o la virtud, aquello que lo engrandece o lo denigra…ama, se entrega y se alimenta del objeto de su amor.

Ser sociales consiste en captar en otro la propia naturaleza e identidad. Necesitamos al otro para reconocernos y desarrollar las capacidades que no podríamos desplegar solos. El amor es el trato propio de quien es aceptado y reconocido como un fin y no como un medio; como un alguien y no como un algo.


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Nuestras acciones y sus efectos

Si observamos detenidamente nuestras acciones, ellas tienen dos efectos: uno hacia adentro y otro hacia fuera de nosotros mismos. El efecto hacia fuera es la consecuencia externa de nuestra acción. A través de nuestros actos modelamos el mundo que nos rodea y construimos mejores o peores escenarios en los cuales nos desarrollaremos nosotros después. Además, con cada acción vamos construyendo nuestra propia historia y vamos realizando lo que somos como personas.

La madurez de una persona se refleja, en cierto sentido, en la capacidad de tomar decisiones respecto a sus acciones en un función de las consecuencias internas y externas que éstas conllevan. Al decidir una acción, las consecuencias se despliegan, aún si no son queridas o pretendidas por el sujeto. Por lo tanto, para el gobierno de nuestra propia vida, debemos habituarnos a decidir lo que hacemos en función de los efectos que eso podrá tener.


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