Introducción

Hablar de amar y del amor es referirse a una realidad ecológica primaria y específicamente humana. Esto quiere decir dos cosas: la primera, que el amor no es un invento del hombre sino un atributo suyo, el más radical, algo que ha acompañado a nuestra naturaleza humana desde que ella es como es. Es por eso que, en lugar de pretender inventar la realidad como si la cultura, la ciencia o la ley pudieran ser el origen de nuestro estatuto ecológico, éstas deberían observar la naturaleza amorosa del hombre y tratar de explicar cómo es ella, buscar develar sus misterios, identificar explicaciones que expresen mejor su naturaleza. También es cierto, sin embargo, que el hombre, a lo largo de la historia ha desarrollado una cultura, también jurídica, en torno al amor y al sexo. La cultura sobre el amor es el modo de asumirlo y vivirlo; es decir, una respuesta que el hombre da en un momento histórico a esa dimensión suya y ecológica que llamamos amor. Esto da lugar a que, así como existen maneras sanas y verdaderas de vivir esta dimensión, hayan también modos ‘chatarra’ de responder a las inclinaciones amorosas y específicamente a las sexuales. Esto se debe a que sólo y únicamente la persona es capaz de amar. Los demás seres obran de modo necesariamente conforme con su inclinación ecológica, instintivamente. En cambio, el hombre es libre, decide sobre sí mismo, es un ser capaz de responder en sentidos diversos, capaz de elegir una respuesta, y ésta ciertamente puede ser más o menos conforme con sus estructuras naturales. En palabras más simples, el hombre elige el sentido de su respuesta, pero no puede elegir lo que sus estructuras naturales son. Todo lo que se ha dicho, y en particular el hecho de que el amor es la dinámica más radical y propia del hombre, nos permite llegar a dos principios; por un lado nos permite entender el amor a partir de entender a la persona, y por otro nos permite entender que es la persona entendiendo que es el amor. Por esta razón, no debe extrañarnos la complejidad del amor; es un reflejo de la complejidad de la persona, lo más bello, lo más profundo; pero también lo más superficial e inconfesable hace aquí su aparición.


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Persona y Cuerpo

La persona se distingue en que más que tener un cuerpo es su cuerpo.El cuerpo del hombre va más allá de una consideración puramente biológica, pues posee un cuerpo personal, es decir, un cuerpo que encarna a la persona y que constituye la más básica y primaria manifestación suya. Es verdad que, en primera instancia, el cuerpo es una condición material, pero por el carácter personal del hombre el cuerpo adquiere en él otra dimensión que va más allá. Gracias a nuestro cuerpo podemos reconocer al ‘otro persona’, pues ante otro no sólo reconocemos una similitud corporal, sino que descubrimos que tal materialidad revela y expresa a un sujeto personal que vive de la misma manera que yo. En la antropología del amor se considera al cuerpo como una dimensión constitutiva de la persona: mientras estemos vivos existimos encarnados en éste nuestro único cuerpo. A través de él somos capaces de expresar y manifestar nuestra persona. Nuestro espíritu personal informa e impregna nuestramaterialidad haciendo que nuestro cuerpo sea únicamente nuestro. En esta vida, pues,no somos una realidad desarticulada o fragmentada de componentes materiales y espirituales, sino todo lo contrario, somos el resultado de una unidad armónica de nuestros componentes. No somos su suma, sino el resultado de su unidad. El cuerpo expresa a nuestra persona, podemos ponernos en un gesto, en una mirada o en una caricia. Podemos y debemos vivir personalizando las acciones de nuestro cuerpo, apersonando a nuestra persona en nuestras acciones. Nuestros ojos, por ejemplo, no sirven solamente para ver un objeto, sino que son también el espejo de nuestra persona.

Esta unidad que somos de elementos materiales y espirituales es de hecho indivisible, es decir, sólo académicamente en una pizarra podemos despiezar nuestros componentes, pues en el terreno de la realidad existimos como una unidad o simplemente no existimos humanamente. Por lo tanto, intentar vivir dividiendo nuestras inclinaciones biofísicas de las espirituales da lugar a crasos errores. Uno de los más significativos lo constituye la consideración de que el cuerpo es algo que tenemos pero no algo que también somos. A su vez, aquí yace el núcleo de dos consideraciones reduccionistas, dos modos equivocados de entender nuestro compuesto cuerpo-espíritu. Por un lado, aquella que estima que los valores o inclinaciones del cuerpo son malos y hasta despreciables, llegando a crear visiones peyorativas e incluso malignas de lo corporal. A la postre, por este camino, el matrimonio será visto, en tanto unión corporal, como algo inferior a los valores del espíritu que se justificaría por nuestras carnales debilidades y no por ser una realidad interpersonal que manifiesta la bondad y belleza de nuestra persona. Por otro lado, en el extremo contrario, estaría aquella consideración de que con el cuerpo podemos hacer lo que nos venga en gana, pues si se parte de la perspectiva de que el cuerpo es mío pero no soy yo, parecería lógico que puedo implicar a mi cuerpo sin implicarme yo, pues el cuerpo es mío, pero no soy yo. Así, las conductas corporales y sexuales serían incapaces de comprometer a las personas, no hay significado personal en el ejercicio de la sexualidad, pues el sexo es algo que se tiene y por tanto sería inferior a aquello espiritual que se es.Con esta consideración del sexo como algo que hacemos y no como algo que también somos perderíamos por completo la dimensión comunicativa de nuestro ser personal vía la sexualidad. Un buen encuentro sexual equivaldría, por ejemplo, simplemente a un buen estofado de res que deja satisfecho el aparato digestivo.

Siendo el amor la dinámica más real y definitoria del ser humano, la acción de amar emplaza o convoca a la unidad substancial que la persona es (cuerpo-espíritu). Esta razón explica la gran complejidad de las relaciones amorosas, pues en ellas, como en ninguna otra acción humana, comparecen todas las dinámicas del hombre. Por eso, estudiar el amor, pone delante de nosotros todo el mosaico multicolor de las capacidades de grandeza y excelencia humana, pero también (y por desgracia) nuestra capacidad de miseria y mezquindad. La persona, entonces, como esa unidad de cuerpo y espíritu, ama mediante la capacidad de su cuerpo de expresar por él y en él el don sincero de su persona. El hombre se da, como singular e irrepetible persona, cuando se da y acoge mediante su cuerpo.Su cuerpo le identifica como un ‘enteramente otro’ respecto de lo demás y de los demás, como un ser trascendente.


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La Modalización Sexual

La dimensión sexuada se entiende como una dimensión de la íntegra persona humana. No se trata sólo de una diferencia física, biológica, ni siquiera sólo psíquica, sino como un todo en el ser personal; así, la condición de persona ‘se es’ desde y a través de la condición sexuada de la persona; desde la masculinidad o la feminidad. En la conyugalidad, el varón y la mujer, como seres personales originariamente en soledad, adquieren conciencia de estar frente a otro ‘yo’, una autoconciencia distinta de verse delante del resto de las cosas o de los demás vivientes. Por su cuerpo sexuado, el hombre descubre que hay dos maneras distintas, complementarias y relacionadas de ser igualmente persona humana, y ante este descubrimiento el hombre se fascina. Es descubrir la novedad de ser iguales como personas pero diversos y complementarios por su modelización sexual, es la fascinación que causa la feminidad en el varón y la masculinidad en la mujer.La sexualidad aparece como una específica reorganización de la corporalidad para adecuarse y hacer posible la comunicación del espíritu, para posibilitar el don de sí y la acogida del don personal del otro en que consiste la dinámica amorosa.El sentido primordial de la diferenciación entre el varón y la mujer es que el cuerpo, precisamente por sexuado, hace posible una comunicación en la que el propio cuerpo personal es la materia que se comunica y posibilita el encuentro espiritual. Gracias a la comunicabilidad que implica un cuerpo sexuado, la persona no se ve limitada a dar sólo cosas que tiene, pero que no es, sino que puede darse y recibirse en la intimidad de su ser humanidad. Varón y mujer son igualmente humanidad, pero modalizada en forma diversa y complementaria, para que el mismo ser humanidad se constituya en la naturaleza que se comunican. El cuerpo, modalizado por la sexualidad, encuentra aquel modo de ser, diverso pero complementario, que permite conformarse en una sola unidad espiritual precisamente mediante el don y aceptación recíprocos de sus cuerpos sexuados, diversos y complementarios, configurando una coposesión conjunta de sus corporalidades. Esta dinámica; la de ser don de sí y aceptación del otro en sí, es la dinámica radical del ser personal, la dinámica unitiva por excelencia, es en suma, el amor real, el que es conforme con nuestro estatuto ecológico corporal y personal.


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Esponsalidad y Conyugalidad

Esponsalidad y conyugalidad no son términos sinónimos. La esponsalidad tiene un carácter global y es fundamento de toda comunicación interpersonal. La esponsalidad alude a aquella cualidad de nuestro cuerpo, en cuya virtud es capaz de encarnar y comunicar el don y aceptación del ser personal. La esponsalidad permite a la persona ser ella la que se dona en el don de su propio cuerpo. La esponsalidad se puede realizar a través de dos líneas de comunicación específicas: primero, según la naturaleza del sujeto al que la persona se dona y segundo, según la naturaleza del principio formal, título o razón de bondad desde el que la persona se entrega. Así, el significado esponsal presenta dos interlocutores fundamentales de la comunicación esponsal; una trascendente y otra intrahumana. Esta clasificación se hace según el don de sí y la acogida del otro se dirija a Dios o, en cambio, a otro ser humano.

Existe pues una vía donde todo el ser entero puede ser entregado y aceptado. Esa dinámica amorosa total y radical no tiene ni puede tener más interlocutor que Dios como principio y fin de la total e íntima capacidad y necesidad de amar y ser amada de una persona, pues sólo Dios es todo en todos, puede comunicar todo a todos y a todos con todos sin riesgo de anonimato alguno. Ningún ser humano es, ni puede ser para otro, su último y total horizonte de comunión, hay una vocación de plenitud, cierta satisfacción total, que ninguna persona humana puede saciar, salvo el ser trascendente que es Dios.

La conyugalidad, en cambio, es una de las esponsalidades intrahumanas. Es , eso sí, la más primaria, más radical y más profunda de entre las humanas. Es una forma específica de la esponsalidad, que se define por una razón de bondad; la unión íntima de los espíritus personales en y por la co-pertenencia de los cuerpos sexuados diversos y complementarios. La conyugalidad sólo existe como posibilidad ecológica de real unión entre un varón y una mujer, pues sólo ellos, por su diversa y complementaria modelización sexual, pueden hacerse el uno del otro conforme a nuestra naturaleza, dándose y recibiéndose sus cuerpos personales como si del propio se tratara. Como puede apreciarse, la heterosexualidad propia del amor sexual no parece ser, como se nos ha hecho creer, un invento arbitrario o una exigencia dogmática social o religiosa. Por el contrario, se nos revela como una característica de nuestro modo de ser personal, una clave ecológica y antropológica del amor sexual real. La conyugalidad, aún siendo la más íntima y primaria esponsalidad intrahumana, no es el la única; la paternidad, la maternidad y la fraternidad son otras esponsalidades intrahumanas básicas. Por otro lado, es necesario recalcar que en ningún caso la esponsalidad intrahumana impide la primera y más superior esponsalidad absoluta cuyo único interlocutor es Dios.

En síntesis, desde una perspectiva ecológica, la antropología del amor destaca la siguiente cadena de elementos:

1.- La diversidad de la persona en varón y en mujer como un hecho de nuestra naturaleza personal y que tal diferenciación es radicalmente ecológica y no un invento de la cultura o del comportamiento social. Es natural y por tanto anterior a las culturas y comportamientos sociales.

2.- La diversidad sexual ofrece una complementariedad específica al varón y a la mujer que se asienta precisamente en lo que son diferentes.

3.- Que esta diferenciación en ningún momento puede significar que un modo de ser sea mejor o superior que el otro, sino que ambos modos son dos maneras diversas y complementarias de encarnar la naturaleza y ser idénticamente persona humana.

4.- Que la diversidad sexual se manifiesta en una natural atracción, inclinación o fascinación hacia las personas del sexo complementario.

5.- Que la unidad y complementación de los sexos es el origen de la vida personal, es decir, que dicha unidad contiene como potencia suya y exclusiva el engendramiento de la vida humana como una conexión biológica radical.
6.- Que siendo la libertad el centro del estatuto ecológico de la persona, la sexualidad ha de ser vivida desde la libertad como una estructura de perfección y comunicación del espíritu personal.

7.- Que la natural apertura de la persona al otro, diverso y complementario, encuentra en las estructuras de la sexualidad un cause especial y específico de comunicación, una respuesta conforme con nuestra naturaleza.

8.- Esta comunicación de la persona, mediante las estructuras de su sexualidad, en el ámbito de su intimidad masculina y femenina se realiza mediante una específica relación interpersonal.

9.- Tal relación interpersonal no puede provenir sino de un acto soberano de la libertad de los amantes.

10.- El específico acto de libertad por el que un amante hace de sí un don como varón o como mujer, mediante el cual concretiza la inclinación natural que en sí mismo encuentra, es un acto paradigmático de amor y constituye la expresión más primaria de la comunión interpersonal.

11.- Por pertenecer la dimensión sexuada a la totalidad de la persona, la entrega de sí y la acogida del otro en sí en que consiste el amor, no puede consistir más que en constituir al otro en coposesor o copartícipe de esta dimensión.

12.- Por su carácter radical, al implicar al ser mismo de la persona, este acto de donación y acogimiento es un acto fundacional de un modo muy específico de relación interpersonal.

13.- Que fue a ese modo muy específico de relación interpersonal al que se le puso el nombre de unión conyugal o matrimonio.

14.- Que por lo tanto el ‘matrimonio’ no es su nombre, sino el nombre que se le puso a ese modo específico de relación entre un hombre y una mujer.

15.- Que la manipulación que se haga del término ‘matrimonio’ a través de la cultura y sus agentes, incluida la política y sus leyes, no afecta ni puede afectar la realidad a la cual se refiere. Es decir, que por el hecho de poder denominar matrimonio a cualquier cosa no se convierte a esa cosa en matrimonio real.


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El Amor

La dinámica que consiste, en ser don de sí y aceptación del otro en sí, es la dinámica radical del ser personal, la dinámica unitiva por excelencia, que es en suma el amor real. Así, podemos afirmar, que siendo el amor la acción más excelente de la persona, nuestra manera de amar se corresponde con nuestro modo de ser, y a su vez nuestro modo de ser es correlativo a nuestro modo de amar. En otras palabras, el obrar se corresponde con el ser, y viceversa, el ser con su obrar.

• El Amor es Relación

El amor es relación, una realidad de naturaleza interpersonal, es decir, se trata de una relación de mi persona con otra, y de esa otra conmigo. El hombre no es un ser solitario; es un ser social que requiere de las relaciones para localizarse frente a otro y así captar nuestra propia identidad y naturaleza. Es en el espejo del otro en donde percibimos lo igual y lo diferente, lo que nos es común y lo que nos distingue. Somos capaces de entender nuestro ‘yo’ precisamente frente a otro reconocido como ‘otro yo’. Para conocernos a nosotros mismos, hay que darnos cuenta de que el otro es persona como yo, que se vive a sí mismo, que se ve así mismo frente al cosmos y frente a los demás como lo hago yo, y que ese otro es libre, singular e irrepetible como yo mismo. Reconocer al otro como persona da lugar a que sepamos valorarlo y amarlo, pues sólo quienes somos personas somos realmente “amables”, es decir, sujetos de un trato conforme con nuestro estatuto ecológico, único, singular, irrepetible, valioso en sí y por sí mismo.Quien sólo es capaz de amar cosas, muestra su capacidad de amar la satisfacción que le producen, quien “cosifica” a los demás amándolos sólo por el beneficio que le reportan, no los ama en realidad, pues no se da y acoge al otro, sino a lo que el otro tiene u ofrece en términos de satisfacción. Quien sabe amar tiene dominio sobre sí mismo, pues el amor supone el descubrimiento y la ejecución de nuestra capacidad de ser don de nosotros mismos. Por esto, para ser persona en plenitud, para vivir a tope, es preciso saber amar, y quien ama a plenitud no requiere (en último extremo) de los beneficios que pueda reportarle el otro, es feliz a causa del efecto interno que en él provoca la acción de amar. Sin embargo, para ser a tope y amar así es preciso desarrollarse de modo adecuado al propio ser, por esto, comprender qué y cómo somos es preciso para habilitarnos para amar. Como objeto amable, toda persona se revela como un fin, como un bien mayor por su carácter irrepetible. Desde el punto de vista del sujeto el amor como don de sí es la mayor expresión de la libertad, pues exige el mayor grado de autoposesión para la autoentrega. Y desde el punto de vista de la acción, el que enriquece a otro con lo mejor de sí mismo le ayuda a obtener, a su vez, lo mejor de sí, a la vez que obtiene, mediante esta acción, lo mejor de él mismo. Y por último, desde el punto de vista de sus efectos, no existe acción superior que la de ayudar a otro en su proceso de ser mejor, pues la persona es el mayor bien de entre todos los bienes del planeta. Todas estas consideraciones nos pueden llevar a concluir que el amor no se corresponde con ciertos estados de ensoñación en donde un amante fabrica artificialmente en su mundo subjetivo a un interlocutor inexistente en el mundo real. Por el contrario, sólo amando realmente a los demás y, más específicamente, a su cónyuge, podrá una persona desplegar la belleza y bondad que su capacidad de amar le ofrece.

• La Perfección del Ser y del Amar

En segundo lugar, desde una perspectiva ontológica, la excelencia en el ser nos muestra la excelencia en el amar. Como ya se ha mencionado, si hemos de amar tal y como somos debemos amar en esa armónica unidad, de lo contrario corremos el riesgo de intentar dividir lo indivisible y por lo tanto de fracturar nuestra armonía interior tratando de amar al margen de la unidad que somos. Por ejemplo, cuando al amar no integramos las diversas inclinaciones y tendenciales de nuestro compuesto cuerpo-espíritu, desde las más físicas hasta las más espirituales, cuando abandonamos nuestro cuerpo intentando no ser cuerpo sino tener cuerpo, fracturamos la armónica unidad de nuestros componentes, es decir la unidad que somos.El hombre es cuerpo y se expresa en y mediante su cuerpo. Por lo tanto el hombre se entrega en su cuerpo, una entrega de un cuerpo sin persona es una entrega falsa por ausencia del quien que supuestamente se entrega, este tipo de utilizaciones del cuerpo deshumanizan la entrega, cosifican y fracturan a la persona.Vivirse en la armonía de nuestra unidad es más perfecto que intentar vivir dividiendo nuestras inclinaciones biofísicas de las espirituales. Es por eso que la acción de amar de una persona que vive su armónica unidad es más perfecta que la de aquél que suele intentar amar de modo dividido y fragmentado. La máxima que podría resumir todo esto sería; nos es posible amar como nos es posible ser, entre más y mejores personas somos, más y mejor amamos.

• Amamos como somos

En tercer lugar, desde una perspectiva fáctica, desde los hechos observables(muy útil en la labor clínica y diagnóstica), el modo como de hecho vivimos lo que somos se plasma en el modo como de hecho amamos. Existe una ecuación entre nuestro modo de ser y nuestro modo de amar. En palabras sencillas, basta con saber como es alguien para imaginar como ama ese alguien y viceversa, bastará con saber como ama para saber cómo es. Aunque hablar de amor es hablar de algo exclusivo del mundo personal, el amor es también algo propiamente interpersonal, pues la conformación en unión es esencia misma del amor. Nuestro amor, visto desde nosotros mismos, como amantes y amados, es el amor humano. El amor humano es aquel amor entre los seres humanos que versa sobre su naturaleza propia y es conforme con la misma. Hay diversos tipos de amores humanos (como la paternidad, la maternidad, la fraternidad y la amistad), pero en general cuando utilizamos este término nos referimos al amor entre varón y mujer, en cuanto y por cuanto son sexualmente diversos y complementarios. En el amor humano, pues, se ama tal cual se es. Si amamos como somos irrumpimos en la escena del amor con lo que somos y en el estado en que nos encontramos, con lo que sabemos o ignoramos de nosotros mismos, con virtudes y defectos, con lo vivido, lo aprendido, lo aceptado, fingido o rechazado, lo permitido o consentido….en resumen, con todo lo que de verdad somos.

• El Amor somos Nosotros

Si el amor humano y por tanto el conyugal, es un peculiar modo nuestro de ser-con, de co-ser con otro ser humano, de conformarse en cierto modo conjunto o unido de ser y de vivir, el amor somos nosotros mismos en cierta acción con otro y ese otro con nosotros (la acción de amar), los sujetos del amor somos nosotros, únicamente nosotros. Por eso no hay a nadie ajeno, nadie a quien responsabilizar de las glorias y de las tristezas de un amor, nadie sino únicamente nosotros mismos. Nosotros somos los arquitectos de nuestro amor; el amor implica y contiene aquello que los amantes son y lo que fue efectivamente aportado por ellos, y carecerá necesariamente, pues no tiene modo de tenerlo, de todo aquello que los amantes no hubiesen sido, tenido o aportado en su acción amadora.Los únicos responsables de del estado de nuestros amores somos nosotros.

• Cada uno somos un Amante Potencial

Cada uno es un amante en potencia, mejor o peor, cada uno según su propio equipamiento, según el esmero y dedicación que ha puesto en su propia capacitación como amante.Como amamos según somos, expresamos al amar nuestras limitaciones y nuestros defectos, tanto conocidos como ignorados, consentidos o combatidos; pero también expresamos nuestra capacidad de grandeza, de belleza, de valores y virtudes. Ninguno somos un paladín de perfecciones, un amante concluido y perfecto, pero es real que hay amantes que se esmeran en ser mejores y hay otros que parecen empecinados en ser peores. Con esta realidad ya tomada en cuenta, podríamos volver a decir que el amor somos nosotros, y que sólo podemos amar como de verdad somos. Cuando diagnosticamos una historia de amor, hemos de buscar la diferencia entre lo que de hecho pasa u ocurrió y lo que debió haber ocurrido, entre lo fáctico y el modelo. En esta distinción está nuestra esperanza de poder diagnosticar y tratar a un noviazgo o un matrimonio, de poder sugerirles un tratamiento que mejore su desempeño amoroso.

• El Amor pertenece al Mundo de la Acción

El amor no es principal y fundamentalmente una actividad del entendimiento. Aunque podamos teorizar sobre el amor, éste no es una idea o un concepto, sino que pertenece más bien al mundo de la acción, al género de las relaciones personales de unión. Y dicha unión no es algo preexistente, susceptible de contemplarse como si fuera un paisaje de la Costa Azul. La unión hay que acometerla, hay que engendrarla realmente entre los amantes. Es decir, hay que emprender personalmente el proceso de fundarla y, luego, hay que conservar la vida de esa unión engendrada, acrecerla, perfeccionarla, no defraudarla y si se requiere restaurarla. Todo ello es un proceso vital, una historia, una co-biografía conjunta, decidida y construida por las personas mediante su voluntad. Es cierto que una historia de amor real es una experiencia afectiva, acompañada de un sinfín de sentimientos, como ilusiones, nostalgias y pasiones, pues la patencia de la presencia del otro y el encuentro interpersonal conmueve en los amantes todas sus dinámicas tendenciales, tanto físicas como espirituales. Estas manifestaciones afectivas, que son naturales y hasta necesarias no son, sin embargo, la esencia del amor, sino parte de su fenomenología, es decir, manifestaciones de la inclinación que le antecede. Esta ensoñación, tan falsa como imaginaria, apartada por completo del amor real, resulta una forma de autocomplacencia afectiva y monólogo sentimental. Esta búsqueda, subjetiva e irreal, que muchos llaman ‘amor’ no es tal, pues se centra en el placentero monólogo en el que el ‘otro amado’ no existe en realidad, sino como ficción instrumental dirigida a sostener la autocontemplación afectiva y su mundo sentimental. El amor no es, por definición, un estado subjetivo, disfrazado de diálogo, sino una relación real entre dos. Como hemos dicho y veremos más adelante, amar tiene cierto contenido concreto, cierto objeto; implica cierta autoconformación formal entre quienes se aman. Querer ese objeto es amar, conformarse en unidad es amar…En suma darse y acoger al otro ‘realmente’ es amar al otro ‘realmente’.