Introducción

El amor entre un hombre y una mujer es una especie de ecosistema, con fases, etapas, edades y niveles de profundidad. Existe una secuencia en estas etapas, y por eso el amor, así visto, es la historia completa de amor y no sólo uno de sus momentos, fases o etapas. El amor es un ecosistema peculiar por humano, por personal, y por ser diferente al de todas las demás creaturas; se encuentra impregnado de los elementos de nuestra humanidad, de aquellos que nos definen y singularizan como personas, precisamente los que, por ejemplo, las ballenas y las mariposas no tienen.Al amar damos lugar a una nueva dimensión dentro de la historia de nosotros mismos que se agrupa junto con el resto de dimensiones y que es, como las otras, demandante de espacio y tiempo de nuestra vida. Ante esto, cada uno se erige como arquitecto de su vida, definiendo prioridades y asignando tiempos a cada cosa. El amor, además de ocurrir en nuestra historia, constituye una historia en sí, la suya, la de nuestro amor.Esta es la historia del único nosotros que conformamos juntos.

Siendo el amor es una realidad ecológica primaria, soportada por las estructuras de nuestra humanidad sexuada, y teniendo una naturaleza biográfica, podemos sospechar que tiene una estructura secuencial compuesta de fases o etapas concatenadas entre sí. Juntas éstas componen el ecosistema de nuestro amor humano. Sabiendo esto, la pregunta sería: ¿Cuáles son aquellos elementos que integran la estructura de este ecosistema, cuáles son los eslabones, las fases, las etapas, cuáles sus manifestaciones y sus características? ¿Cuáles son las constantes, los rasgos comunes del ecosistema del amor? ¿Qué papel desempeña nuestra libertad? ¿Existe una relación entre amarse y casarse, o es esto sólo un invento de la legalidad?


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La Armonía de la Secuencia

El ecosistema del amor está integrado por finas y armónicas secuencias entre ciertos componentes de lo que somos y obramos,La armonía de esta secuencia ecosistémica es resultado de una conquista de la voluntad de los amantes, que se hace en búsqueda de la profunda riqueza que cada eslabón contiene y ofrece. Estos procesos no son un hecho dado inexorablemente; son armonías a las que la naturaleza personal de los amantes inclina en forma de impulso, pero que de hecho los amantes pueden disociar, fracturar y contraponer, como consecuencia del ejercicio de su libertad, pervirtiendo su riqueza ecológica y potencial, frustrando su efectiva realización. Esta perversión resultará en algún momento antinatural, alienante y frustrante para los amantes.


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Una Historia de Tantas

La historia amorosa tiene un momento de inicio y a partir de ahí va desplegando sus posibilidades mediante distintas etapas o fases en el amarse.

1.- Lo primero en tiempo es la existencia misma de los amantes. El varón y la mujer protagonizan sus propias vidas, y existe en ellos una cierta predisposición al amor contenida en la naturaleza humana y en la diversidad sexual. Poder cobiografiarse con otro supone haber podido estar con uno mismo y haber adquirido conciencia de nuestro estado de soledad original. Por eso, una relación de amor no nos hará necesariamente felices si en soledad no lo somos. Esto se debe a que, en principio, ninguna relación nos da aquello de lo que carecemos, solo compartimos lo que somos. Los amantes una vez unidos hacen y se hacen mediante su obrar unidos gracias al efecto transitivo e intransitivo de sus acciones. Para enriquecerse, el hombre ha de ir tras el valor, amarlo y así poseerlo. El estado óptimo del amante, previo al encuentro amoroso, parece fundamental. Así, aunque ser relación es un modo de ser mejor y más elevado que ser soledad, esto no significa que el estado de soledad original sea de imperfección como si uno estuviera incompleto. Cuando tras la pubertad descubrimos nuestra condición sexuada, cuando caemos en la cuenta de que nuestra soledad no es el destino final, descubrimos que el amante no tiene a quien amar pero desea tenerlo, como refiere el clásico Agustín de Hipona en sus confesiones “Yo no amaba a nadie, pero amaba amar y buscaba a quien amar”.

El varón y la mujer individualmente considerados, son cada uno un amante en potencia, y lo son de mejor o de peor calidad, dependiendo de su propio entrenamiento y de su propio equipamiento.Así, habrá amantes entrenados, adiestrados y equipados de diversa forma, algunos estarán mejor preparados y dotados para el amor, contarán con aptitudes, cualidades, hábitos.

La conquista amorosa es aquel juego ambivalente, caracterizado por la aproximación y la lejanía, ofrecerse y negarse, mostrarse interesado e indiferente a la vez. Digamos que es un proceso en que el amor se ensaya, se ve qué sucede, qué posibilidades hay de ganar, triunfar, dominar y vencer al otro colonizándolo. Dentro de este proceso, se da la seducción, que tiene ciertos aspectos inconfesables de amor propio y búsqueda de uno mismo, pero también cierta dimensión positiva en que se valora y aquilata al otro como candidato. EL seductor por excelencia es aquél que es capaz de generar en el otro un sueño, una ilusión.

2.- El segundo momento en nuestra bitácora amorosa es el punto de arranque de una relación. El encuentro, que provoca un cierto desorden y una confusión en la vida, se experimenta mediante el fenómeno que conocemos como el enamoramiento y que implica cierta dilatación de la personalidad. Hay un desplazamiento del yo íntimo a la periferia de su ser cuerpo. Además, se potencializan nuestros sentidos, , percibimos de otro modo las cosas y el mundo circundante. Este enamoramiento no es ya anónimo, el amante ya no ama amar sino que ya encontró a quien amar, el amor pues, en este momento se refiere a alguien en particular. Por supuesto el proceso supone reciprocidad, de lo contrario dicha exteriorización se frustra y termina por desvanecerse.

3.- Un tercer momento lo constituye el conjunto de fenómenos que la relación de amor produce en esta fase. Cada uno experimenta un nuevo modo de ser precisamente ocasionado por el otro amante, una nueva forma de ver la vida que se ocasionan recíprocamente, una forma de experimentar la vida como vida entre sí, una especie de ser en conjunto, como unidad de dos.Es tan conmovedor y fascinante el descubrimiento de ese nuevo ser ‘que tú me haces ser’ que muchos enamorados terminan amando, no al otro, sino al proceso de enamorarse y su autocomplacencia afectiva. En este primer momento, el momento del enamoramiento, nace en fase germinal algo sólo nuestro, un primer “nosotros”. Es posible llegar a un punto en el que amo profundamente a alguien a quien sin embargo tal vez no conozco bien, o he tratado poco, pero me siento fuertemente impulsado a su persona, a tratarle a conocerle. Nos cuestionamos a veces: ¿Cómo puedo amarle así si no le conozco, no le he tratado aún? Sin embargo la patencia de la presencia, el reconocimiento del otro provocado por el encuentro, por la exteriorización de los ‘yo’ internos ha conmovido todas nuestras dinámicas, desde las más biofísicas y hormonales hasta las más sublimes y espirituales. En esta etapa podemos observar una cierta fenomenología:

A) Lo primero que ocasiona enamorarse es un grave trastorno de la atención que es la capacidad que tenemos de dirigirnos a las personas o a las cosas, aquella capacidad de fijarnos en algo desatendiendo todo lo demás. Surge pues entre los amantes una fortísima inclinación a estar juntos, pues gozan de su recíproca presencia y sufren terriblemente cuando se distancian o se separan.Además, cuando la presencia física no es posible buscan otras vías alternas de comunicación para continuar juntos. Esta tendencia a la unidad, a estar CON el otro es una invitación natural a SER con él, a unir las historias en una, a formar juntos la única historia del único nosotros que ya somos, a integrar una especie de SER-CON, de CO-SER, de ser en relación, en fin, a formar una unión.
B) Un segundo fenómeno es que los amantes empiezan a concebir su relación como algo eterno, interminado, como si siempre hubiese existido en sus vidas, como algo que no debiera pasar, cambiar, esfumarse y desvanecerse. relación no hubiese tenido un inicio en una fecha determinada. Pero al mismo tiempo experimentan también la hostilidad del tiempo, su capacidad de desgastar y erosionar ‘lo nuestro’, de hacer naufragar ‘nuestro proyecto’. Esta fenomenología no es sino la natural inclinación del amor a poner los amantes ‘son’ por encima de lo que tienen o no tienen, a que la historia de lo nuestro triunfe y logre superar los más diversos obstáculos que nos deparará el destino.
C) En tercer lugar, otro fenómeno observable, es el gozo y disfrute que los amantes tienen del mundo que sólo ellos componen. Ninguno quiere ni acepta que el otro pueda entablar una relación semejante con un tercero, sufren las intromisiones y las interferencias, ninguno quiere que este amor lo tenga el otro con alguien más, ambos se exigen recíprocamente profunda lealtad a ‘lo nuestro’. Esto representa la natural inclinación del amor a la exclusividad, pues el amor real exige de los amantes lealtad y adhesión incondicional al proyecto amoroso, les exige fidelizarse con él.
D) En cuarto lugar, un fenómeno típico en toda historia de amor real, es que quienes se aman se sienten fuertemente impulsados a ser recíprocamente ‘encantadores’, siempre mostrando al otro la mejor cara de uno mismo. Surge entre los amantes una especie de cristalización y admiración, los enamorados suelen atribuir a su amada o amado todo un conjunto de cosas buenas y nobles, basta que algo sea bueno para atribuírselo al otro, al grado incluso de correr el riesgo de aterrizar en un amor ideal desencajado de la realidad. Aquí se representa otra característica del amor la inclinación a ser el mejor don de sí como bien para el otro y como bien común.
E) Un quinto fenómeno observable, en las entrañas naturales de toda historia de amor real, es la experiencia que viven los amantes de irradiar luz y brillo. Todo el entorno les parece renovado, nuevo, inédito, como si a causa de su amor el mundo se editara otra vez sólo para ellos. El mundo y sus complicaciones se simplifican, se experimentan llenos de energía nueva y renovada, empiezan a tener sus cosas. Un ser personal es la máxima expresión posible a la creatividad compartida del único nosotros que somos, pues por encima de todo lo que puede ser ‘nuestro’ un hijo es sin más lo más nuestro de todo lo que nos es posible juntos. La procreatividad es una potencia exclusiva de la unidad, es decir, nadie puede ser padre o madre en solitario, engendrar un hijo es tarea conjunta, es la máxima potencia creativa de la unidad que somos.
F) El sexto y último fenómeno observable en cualquier historia de amor real, es la exigencia que los amantes tienen a su legítima autonomía, a ser soberanos en la relación que sólo ellos fundan, perfeccionan y restauran. La exigencia de que el único nosotros que somos, sea socialmente acogido y públicamente respetado, es una exigencia legítima de toda relación de amor.

En resumen, los elementos constitutivos del amor sexual entre un varón y una mujer son: a) Un amor sólo posible entre una persona varón y una persona mujer, pues deriva de sus estructuras naturales, sexuadas, diversas y complementarias b) Un amor que se inclina a ser una unidad de dos, c) Un amor cuya vocación es durar por siempre, ocupar el resto de la vida de los amantes, d) Una unidad que se quiere exclusiva entre los amantes y que es excluyente de la interferencia de cualquier tercero, e) Un amor que se caracteriza por ser juntos y recíprocamente el mejor don de sí, como bien recíproco y común, f) Un amor creativo, cuyo paradigma es engendrar nuevas vidas personales. Además, los amantes reclaman para sí mismos soberanía, respeto y reconocimiento público y social. De entre todas las maneras de relacionarse, ésta es la más natural y por lo tanto la que nos puede prometer las mayores posibilidades de realización personal, comunitiva y conjunta.

Es preciso recordar aquí la obviedad de que las realidades no son su nombre, sino que más bien los hombres le hemos puesto nombre a dichas realidades para singularizarlas. La palabra “Amor conyugal”, por ejemplo, está compuesta por el sustantivo ‘amor’ que designa la dinámica radical de la persona, es decir, la dinámica del don y acogida personales, y el adjetivo ‘conyugal’ que delimita al amor conyugal del resto de amores humanos posibles, refiriéndolo al amor de contenido sexual que conforme a su naturaleza viven el hombre y la mujer, cuya dinámica es, como la de todo amor el don y acogida, pero en este caso, en y mediante las estructuras diversas y complementarias de la sexualidad, por lo que el amor conyugal se ordena a la unidad espiritual de los amantes a propósito de la coposesión de sus cuerpos sexuados y complementarios.Se comprende, que no todo amor es conyugal, sino aquel que tiene las características que lo delimitan, también se entiende que por el sólo hecho de denominar como ‘conyugal’ a cualquier amor, éste no se transforma, como por arte de magia, en conyugal.Amar conyugalmente es amarse de un modo específico el hombre y la mujer, y ese modo de amar sólo y únicamente puede tener su origen en los amantes mismos. Son ellos únicamente quienes tienen el poder de amarse de este modo o no. Nadie, ninguna autoridad y ninguna ley o formalidad puede convertir en conyugal un amor que no lo es. Por eso, intentos legislativos de querer modificar la realidad manipulando su nombre mediante la mayoría de votos son realmente ridículos.

4.- Estas inclinaciones que se han mencionado convocan, invitando a los amantes a un muy identificable modo de ser conjunto o relación; a ser una unión, biográfica o perpetúa, exclusiva, fiel, abierta a la vida de nuevos seres personales y al bien recíproco, soberana, respetada y reconocida por todos. El matrimonio es el nombre que se le puso a este tipo de relación interpersonal entre el hombre y la mujer a propósito del amor conyugal existente entre ellos. Existe una ecológica secuencia entre amor y matrimonio, entre enamorarse y casarse, en donde casarse es un modo específico de estructurarse a propósito de un modo particular de amarse. Casarse es un acto de amor singularísimo mediante el cual los amantes responden asumiendo e integrando las inclinaciones naturales y constituyendo su relación de amor en su nuevo modo conjunto de ser y vivir. Proposiciones tales como; no es necesario amarse para casarse, o no es necesario casarse para amarse, simplemente reflejan una gran ignorancia respecto al amor y al matrimonio, y por ello también es natural decir que quienes no se aman conyugalmente no deberían casarse.


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Los Componentes de la Secuencia del Ecosistema del Amor Sexual

4.3.1 La unidad substancial de la persona.
El punto de partida de la secuencia lo constituye la persona en sí misma, su estructura y su dinámica, es decir, la unidad substancial entre su espíritu personal y su cuerpo sexuado.La armonía de nuestras tres dimensiones (persona, corporeidad, sexualidad) sólo puede ser percibida y efectuada por las facultades intelectivas y volitivas de la persona, sólo ellas son capaces de apreciar el bien que para la persona supone esta armónica integración. Es importante recalcar que sólo un obrar unido (es decir, en el que las tres dimensiones trabajen al unísono) es conforme a nuestra naturaleza y puede brindarnos la oportunidad de una realización biográfica real. Bajo esta interpretación se entiende al matrimonio como ‘remedio de la concupiscencia’. La investigación histórica demuestra que el sentido auténtico de esta máxima clásica es que el matrimonio es el camino de la auténtica entrega interpersonal, remedio de nuestro egoísmo y por lo tanto camino de realización personal, salida y oblación de lo que somos como bien que se ofrece al amado. El amor susceptible del calificativo de ‘conyugal’ exige en las personas de los amantes la previa conciencia y posesión de la unidad ontológica y psicobiográfica que los capacita para ser de modo real, cada uno, el único sujeto, unido, no fraccionado, no dividido, de su espíritu y su cuerpo, así como un sujeto consciente y capaz de asociar, de modo armónico en su biografía vital, las dinámicas tendenciales derivadas de sus componentes corpóreos y espirituales, es decir, capaz de integrar armónicamente los impulsos, apetitos, afectos y pasiones biopsicosomáticas con las motivaciones, intenciones y pretensiones biográficas de su entendimiento racional y de su voluntad libre. Quienes no logran esta armónica integración, cualquiera que sea su causa, terminarán arruinando sus historias de amor.

4.3.2 La integración armónica de las tendencias
Un segundo momento lo constituye el proceso de maduración de la inclinación amorosa sexual del hombre y de la mujer, desde un punto de partida egocéntrico y egodinámico, en donde el otro es visto sólo como algo bueno para mí, hasta un punto de vista generoso y tuodinámico de verme a mí como un bien para el otro.

1.- Antes que nada, todos somos un amante potencial, y cada uno acomete el proyecto de amor estando mejor o peor equipado y capacitado para amar. La experiencia clínica demuestra que es la familia, en la mayoría de los casos, el hábitat propicio para el equipamiento y entrenamiento individual de los amantes, sobre todo de la inclinación amorosa sexual. Cuando la conyugalidad de los padres está ausente o es disfuncional, el joven amante puede enfrentar serias dificultades en el desarrollo de su proceso madurativo. Sin embargo, la persona nunca esta determinada, siempre cuenta con la posibilidad de lograr su plena madurez. Otros factores importantes para la “capacitación” de una persona son las instituciones educativas y los medios de comunicación social.

2.- La madurez implica la posibilidad real del amante de ser protagonista de un amor integral e integrado, pues los candidatos han de ser ante todo capaces, pero no de amar de cualquier modo, sino precisamente de un modo conyugal real. El criterio para determinar si una persona ha alcanzado la madurez suficiente para entablar este tipo de relación será la capacidad del amante de poder comprometerse de modo real a una unión, exclusiva, biográfica, abierta a ser un bien para el otro y a la procreación de nuevas vidas personales, que como hemos visto caracterizan este tipo de amor denominado conyugal. Existen patologías psíquicas y hasta somáticas que limitan o impiden severamente que el amante que las padece alcance los niveles mínimos de integración, pero también es frecuente la existencia de múltiples hábitos, no patológicos, de tipo educacional que la dificultan o hasta la destruyen, hábitos basados en concepciones reduccionistas, fraccionantes de la unidad substancial de la persona, sea de modo consciente o no, que en definitiva ocasionan que el amante, en su proceso madurativo, crezca y se desarrolle sin la armónica integración entre su espíritu y su cuerpo, ya sea por la vía del desprecio o represión de las dimensiones de nuestra corporalidad o bien por la de la exaltación del impulso somático desprovisto de implicación personal. Bajo estas formas educativas es difícil no pervertir el sentido del amor conyugal. La asociación entre amor y sexo empieza aquí, con un proceso capacitador de la persona en las habilidades que le permiten la integración armónica de sus inclinaciones naturales, y por lo tanto, la escisión o rompimiento de la asociación ecológica entre amor y sexo se fragua en un modelo educativo que de modo deliberado o inconsciente provoca esta falta de integración. Cuando un amante no logra en su proceso madurativo la suficiente dosis de capacidad integrativa de sus dinámicas tendenciales acaba considerando normal ver el matrimonio como un simple instituto formal, desprovisto de implicación personal y biográfica, una institución útil para satisfacer las más diversas pretensiones subjetivas como, lograr propósitos profesionales, proyectos empresariales, políticos o hasta económicos, adquirir herencias, detentar la paternidad legal de un hijo o lograr un estatus socialmente bien visto. Por lo tanto, el amante capaz del amor conyugal y por tanto para el matrimonio, es aquel varón o mujer que ha logrado un grado adecuado de integración de sus dinámicas.

3.-El matrimonio mismo es un cauce natural de integración progresiva para las inclinaciones de los amantes, como tarea corresponsable y conjunta. Ninguno somos el amante ideal, concluido y perfecto, todos necesitamos ayuda en el proceso de ser mejores, y el amor conyugal posee también una importante dimensión solidaria en este proceso.

4.- Las formas y solemnidades de la legalidad, empleadas para la celebración del matrimonio, en ningún caso poseen la capacidad de causar la integración de las dinámicas tendenciales de los amantes que acuden a celebrarlas. Si habitualmente los amantes dividen sus sentimientos y pasiones de su voluntad de amar y su proyección biográfica, es lógico que su vida matrimonial tarde o temprano refleje estos estados de contradicción.

4.3.3 Del amor conyugal al matrimonio
El tercer momento lo constituye un proceso de transformación operado por los amantes respecto a su relación de amor conyugal. Estamos ya en el eslabón entre amarse y casarse, es decir, en la fase evolutiva que transforma el amor conyugal en matrimonio.

1.- Los amantes se descubren inclinados a unirse, nos referimos a la unión vista como punto de llegada de la tendencia natural del amor real. El mismo amarse les inclina a querer ser el uno del otro, a unir sus destinos, a cobiografiarse, a conformarse en unión, en esposos, a casarse. Lógicamente pueden existir amores que no cuenten con estas características, pero ello no significa que no haya conexión entre amor y matrimonio, sino simplemente que tales amores no son conyugales y por lo tanto son inservibles para fundar un matrimonio real.

2.- Hemos visto cuales son las inclinaciones naturales de toda historia de amor real. Estas notas son las que nos permiten distinguir el amor conyugal de cualquier otro tipo de amor, aún de los muy parecidos: que el adjetivo ‘conyugal’ se le puso al sustantivo ‘amor’ que tiene estos atributos o características. Son los amantes y sólo ellos quienes aman conyugalmente o no, y sólo los amores conyugales pueden estructurar matrimonios reales y funcionales. Es fácil descubrir aquí la clave del fracaso de muchos matrimonios que, desde las puras formas, consciente o inconscientemente adoptan una apariencia nupcial, pero carecen de contenido real. En cambio, la dinámica de vida conyugal, que es labor ardua, cotidiana y biográfica no es fácilmente falsificable y a la postre, dicha dinámica terminará respondiendo a su estructura real.

3.- En el fondo laten las características del amor conyugal como una tendencia, inclinación o invitación de la naturaleza que se dirige a la libertad de los amantes.Cuando cada uno toma la inclinación amorosa y la integra con todo su contenido real y le dice sí a la secuencia, eso es casarse. Resulta contrario a toda lógica es rechazar casarse y al mismo tiempo querer proseguir la secuencia del amarse, pues con esta acción lo único que consiguen los amantes es romper la secuencia natural de su proceso amoroso. El matrimonio, más que una pregunta, es una respuesta que los amantes dan a la invitación que la naturaleza de su amor les formula. Nadie resulta casado de modo real sin su decisión libre, puesto que pasar del enamorarse al casarse no es una evolución que sucede al margen de la persona, ni es un atributo de nuestras estructuras biofísicas, sino que es una potestad exclusiva de nuestra libertad racional. En una relación de amor conyugal real, es el punto de llegada que a su vez es también otro punto de partida. Casarse es dar ese paso, que va de un hecho que nos pasa hasta un modo de ser conjunto que entre nosotros constituimos y nos debemos. Así, la unión conyugal se origina en el acto de libertad de los amantes que asumen la inclinación y conforman su unión; este acto es casarse, y su efecto es el matrimonio, el cual es producto de la libertad.

4.- Conyugarse es, pues, pasar de un amor sólo sentido a un amor constituido en nuestra forma de ser, en aquello que nos da identidad. Este paso, producto de un acto conjunto de la voluntad de los amantes, es a lo que se le denominó consentimiento matrimonial, un acto que supone en los amantes capacidad, una dosis mínima y suficiente de armónica integración. Esto es posible para todo el mundo, pues , aún las personas más ignorantes y desposeídas de la tierra, fundan uniones conyugales con tal suerte de natural facilidad que resulta humillante para el mundo intelectual y científico que se debate por entender los misterios del amor, el sexo y el matrimonio.Amor y consentimiento no se contraponen, el consentimiento es, más bien, un amor inteligente.

5.- Como el amor es una historia, este consentimiento no se gesta a tiempo cero, de modo inmediato, un día antes de la boda, sin ningún antecedente biográfico en los amantes, sin cierto periodo en el que los amantes procesan y forman ese acto voluntario.El consentimiento integra la experiencia amorosa, el amor real es el contenido del acto voluntario, y constituye una fase o nivel superior en la secuencia del ecosistema amoroso. Entre el enamoramiento y el consentimiento hay como diferencia de edades en el proceso de amarse, es como la relación entre juventud y adultez, en donde el fin del trayecto de la juventud es la adultez, pero ésta incorpora a aquélla. El consentimiento es un acto de amor conyugal de extraordinaria calidad, en un momento inédito e irrepetible en la relación; es dar ese paso hacia adelante dentro del mismo y único proceso. El enamoramiento se integra en el consentimiento al avanzar de fase. La diferencia, pues, entre enamorarse y casarse debe verse como una línea de continuidad, de asociación armónica y procesal, y no como mundos incomunicados y desconexos.

6.- Dicho lo anterior, podemos decir, que los amantes toman su relación y sus inclinaciones, las cuales les invitan a unirse y mediante su decisión libre y conjunta (el llamado consentimiento) la constituyen o autoconforman, en un momento datable y puntual (la llamada boda), en un modo unido de ser, de co-ser juntos (el llamado matrimonio) que es suyo y se lo deben entre sí, porque les dio la gana, como su nuevo modo de ser y de vivirse, constituyendo esta unidad como su co-identidad recíproca y co-biográfica. Casarse es un acto de amor excelente que toma el amor que a cada uno sucedía y lo transforma en aquel amor que queremos que deba sucedernos, como aquel modo unido de ser que a partir de hoy nos debemos como lo nuestro, como lo justo entre nosotros, como nuestro proyecto. Evidentemente sólo la voluntad de los amantes y nada ni nadie más, puede hacer semejante transformación, pues en ella la persona se implica radicalmente. Aquí se puede percibir la esencial dimensión jurídica del matrimonio como relación de justicia. Es muy triste, como matrimonialistas, descubrir, que es falsa la presentación que nos hacen del matrimonio como un invento legislativo, como si fuera jurídico porque esta en la ley, y no que fue recogido por la ley por tener una dimensión de justicia. La investigación nos muestra que el matrimonio es anterior a todas las leyes, a todas las legislaturas y a todas las constituciones. Los legisladores se metieron a regular el matrimonio (mas no a inventarlo) porque era una relación de justicia que ameritaba salvaguardar derechos y deberes en sentido estricto.

4.3.3 La forma de vida conyugal
Esta manera de vivir está compuesta por la unión de amor como una forma de vida estable, situación indispensable para que los amantes, ya esposos, logren conquistar las profundas estancias de la compañía íntima, una real ayuda biográfica y el éxito en el proceso de engendrar y educar a sus hijos.

1.- Como vimos al exponer una historia de tantas, la naturaleza misma de la relación inclina a que los amantes experimenten su historia de amor con fuertes impulsos creativos, su amor les hace sentirse fuertes, renovados, emprendedores de un mundo nuevo. De todas las posibilidades creativas del amor sexual, la más sublime y emblemática es la procreación de hijos comunes; son ellos, sin lugar a dudas lo más ‘nuestro’ y lo más bello que puede ser producto de un amor. Queremos destacar no sólo la íntima y natural conexión entre el amor sexual y concepción, recepción y educación de los hijos comunes, sino el carácter estable que la unión conyugal ha de tener en el tiempo para cristalizar con éxito este engendramiento y educación. La experiencia demuestra las importantes afectaciones psicológicas que el desmantelamiento de la estabilidad conyugal provoca en los amantes y en la intimidad de los hijos.

2.-Es real y muy importante destacar la profunda dimensión copulativa que tiene la unión conyugal. En primer lugar, porque a través de ella procreamos personas de modo humano y humanizante, pues el hijo no resulta producto de un arrebato pasional. Por el contrario, el hijo se sabe fruto de la entrega amorosa e incondicional de sus progenitores, lo que además de identidad le brinda seguridad afectiva y autoestima. La intimidad sexual es materia prima excelente en el matrimonio, pues el encuentro espiritual se posibilita por la común posesión de los cuerpos sexuados. La cópula es emblemática del don y acogida que existen en el amor conyugal, pues en ella nos damos y nos acogemos en lo que somos, constituyendo una dinámica en espiral que se convierte en punto de partida y punto de llegada de muchas conductas unitivas de la unión conyugal. La experiencia clínica demuestra que los matrimonios que viven el ejercicio de su sexualidad de modo no natural, anómalo o disfuncional encuentran mayores dificultades para lograr estancias más profundas de compañía íntima y verdadera ayuda biográfica. Esto, naturalmente, no significa ejercicio irracional e irresponsable de la paternidad y maternidad. Sin embargo, una familia numerosa decidida de modo generoso y responsable es sin duda la experiencia más sublime de todo amor conyugal. Es anómalo y contrario al ecosistema del amor conyugal real, excluir del escenario amoroso la paternidad y maternidad potencial, como si esto fuera su estado natural, pues esta eliminación desconyugaliza el amor, cambiando su naturaleza. El amor dejaría de ser conyugal y se haría incapaz de estructurar un matrimonio real. Obsérvese bien como el rechazo a la paternidad y maternidad importa el rechazo a una de las potencias más extraordinarias de la naturaleza, pues no solo se rechaza un hijo tuyo, nuestro, sino en el fondo lo mejor de ti y de lo nuestro, lo mejor que puedes darme y lo mejor que puedes aportar a lo nuestro. En estas condiciones, es probable que durante la vida matrimonial surjan diversas manifestaciones de este rechazo radical a un don y acogida total, principalmente ante escenarios adversos como la enfermedad u otros difíciles de la vida, pues si los amantes no dan y acogen lo mejor de sí tampoco lo hacen respecto de lo peor de sí. El peligro de excluir la paternidad y la maternidad yace en que se le ha quitado al ‘nosotros’ su mejor posibilidad de realización, su tema natural, y esto frustrará al ‘nosotros’ pues no se le deja ser su mejor ser posible. Por otro lado, la esterilidad no impide el don y la acogida completa, porque cuando uno de los amantes es estéril el don y acogida en que consiste la dinámica amorosa incluye su esterilidad. Se entiende pues, que el sólo hecho de no poder tener hijos no significa regatear la entrega y acogida total.

3.- La secuencia del amor conyugal y de la procreación se proyecta hacia el alumbramiento, recepción y educación de los hijos habidos como orden ecológico del amor conyugal. Por eso, el aborto, además de ser un crimen contra una persona inocente, cuando sucede al interior de la unión conyugal es un atentado letal contra el único nosotros que somos, una daga que penetra sus entrañas y lo deshilacha, pues le arrebata su mejor don.

4.- La estabilidad de la unión no sólo la exige el engendramiento de hijos y su educación, también la conquista de más y mejores niveles de compañía íntima y de ayuda biográfica exigen que la unión se prolongue en el tiempo con especial estabilidad. Penetrar la compañía íntima es lograr instalarse cada vez más en el otro, resultar vivido en él, mitigar esa soledad íntima, convirtiéndola en una co-intimidad, en una intimidad compartida, acompañada. La plenitud de la vida conyugal exige aplicación personal, intencionalidad biográfica, conductas y hábitos repetidos que la realicen, que pongan en la existencia las mejores posibilidades de la unión. Nuestra historia de amor exige que vivamos sus edades, sus fases, logrando obtener lo mejor de cada una, desde el enamoramiento hasta el matrimonio. Nadie se casa de verdad con la intención de dejar de amar al otro, sino precisamente para amarle más, para cuidarlo, procurarlo y hacerle feliz, convirtiendo al otro en el sentido de la propia vida.

5.- Resulta clave entender que la unidad abarca al ser de los amantes. Ser juntos es mucho más que sólo estar juntos. A su vez, ser juntos no significa que seamos lo que nos pasa, sino a quienes les pasa, ni que seamos lo que tenemos o no tenemos, sino que somos los que tenemos o no. Cuando la unidad en el ser es real nada de lo que pueda sucedernos pone en riesgo nuestra unión, excepto morirse, pues la muerte de uno de los amantes es lo último que puede pasarnos.
La plenitud de la unidad es tarea ardua de los amantes, impregnada de conductas y hábitos que la edifican, utilizando principalmente a la materia que también somos, a todas nuestras inclinaciones biofísicas y psicosomáticas. Ser juntos en el matrimonio no supone homologación de lo que somos, sino compañía íntima sincera y honesta, es al fin, no vivir en soledad sino en compañía nuestras miserias y defectos, alegrías y penas, no se trata pues de cambiar al otro sino de ser con él.

6.- No hay soledad más insoportable que la de no tener a nadie a quien serle fiel, no deberse a nadie, no importarle a nadie y que nadie me importe a mí. Amar al otro es ordenarte a adquirirlo a base de entregártele, haciéndolo tuyo a base de ser cada vez más suyo. Si observamos bien la dinámica amorosa, notamos que la exclusividad que se materializa en la fidelidad al amado es actualización de nuestra libertad. Quienes carecen de la capacidad de ser fieles de lo que son incapaces es de ser libres, pues no pueden sostener su propia elección. El matrimonio no es la cárcel de la libertad, sino el estado de libertad una vez ejercida, todo amor real es libre, el amor que no es libremente elegido no es amor. Amar al otro es hacer de él mi favorito, mi predilecto, aquel por quien vale la pena abdicarlo todo, hacerle lo más valioso para mí y hacerme a mí lo más valioso para él. Casarse es elegir a alguien para hacerle feliz, para dedicarle la vida, convirtiendo su vida en el sentido de la mía, para acompañar su alegría y su dolor, sus cualidades y sus defectos, sus grandezas y sus miserias, su vida y al final su muerte. Existe una inclinación del amor real a ser cada uno de los amantes el mejor don para el otro.

7.- Por último podríamos cuestionarnos ¿Cuánto dura la unidad de lo que somos, es decir, el único nosotros que somos juntos? Esta es una de las preguntas más retadoras de la antropología y de la ecología del amor. Efectivamente, el amor conyugal real posee esa inclinación a la perpetuidad. Al unir lo que somos damos lugar a una forma de ser conjunta, el ‘nosotros’ que a partir de ahí inaugura su historia. La historia está conformada por todas las acciones que se llevan a cabo por los amantes, por el ‘nosotros’ mientras dure la unión. Si la unión en el ser de los amantes es real, todas esas acciones, las más bellas y las más inconfesables, se inscriben en la única historia del único nosotros que somos juntos, el cual no puede sustraerse de la única historia que tiene, la única que es suya. Sin embargo, las historias terminan cuando el protagonista desaparece, se acaba, se muere. Mientras la muerte no es, nuestra historia no acaba, los protagonistas pueden salvar el sentido de su historia, el desenlace final de la única historia del único nosotros que somos. Los amores duran lo que dura lo que los une. En todo amor algo une a los amantes. Cuando aquello que une es de naturaleza cíclica, perentoria y transitoria, la unidad decae con el ciclo de aquello que conforma la unidad. Cuando los amantes se unen y adhieren a lo que el otro tiene, pero no a lo que el otro es, la unidad decae cuando se degrada aquello que se tiene y que conforma la unidad. La unidad conyugal es en los espíritus personales en, mediante y por la unidad de sus cuerpos. Compartir lo que tenemos es corolario de haber unido lo que somos. Cuando los amantes rechazan o excluyen o de cualquier modo dejan fuera lo que son y solo dan y acogen lo que tienen pero no lo que son, dicho amor no es conyugal, no es capaz de estructurar un matrimonio real, su amor pertenece a otra especie y estará subordinado al ciclo de lo que tenemos pero no somos. Que el amor no sea de suyo cíclico no significa que no existan peligros de contaminarlo, de infectar la unión, durante su trayecto histórico. . El riesgo es convertir esos factores en el objeto de la unidad, en desplazar el objeto original, que es lo que somos como personas varón y mujer, substituyéndolo por lo que tenemos, no tenemos o nos suceda.

4.3.5 La legítima autonomía de nuestro amor.
Este último componente se encuentra constituido por la legítima autonomía de ‘nuestro amor’ frente al resto de entornos sociales y la exigencia de su adecuado reconocimiento y protección por parte de la sociedad en general, el derecho y la política. Los amantes exigen que nadie interfiera en su relación; la relación de amor tiene pues cierta autonomía frente al resto de entonos sociales, como son la propia familia de origen de cada uno de los amantes y la sociedad en general con su mundo cultural y socio político.

La identidad de las personas esta constituida por lazos familiares, dando lugar a vínculos de parentesco que son categorías antropológicas de identidad personal; ser esposo, padre, hijo, nieto, hermano son vínculos de identidad, definen quien somos. La sociedad se organiza a partir de la familia, esta es la primera célula de humanización social. Los amantes exigen ser autónomos en su relación de amor, pues en principio sólo a ellos compete fundarla, perfeccionarla y restaurarla. Al mismo tiempo, dicha autonomía para ser operativa exige que la relación, una vez instituida por los amantes sea reconocida y protegida por la sociedad y esto se hace por la vía de la política, el derecho y el resto de agentes sociales. Es preciso que la sociedad reconozca y proteja tanto al matrimonio como a la familia a la que éste da lugar. Con el matrimonio sucede como con todo lo natural: su existencia no es creada por las leyes pero sí reconocida y protegida por ellas. El matrimonio y la familia, fruto del amor conyugal, existen antes y de modo independiente de las leyes, pero exigen que ellas los reconozcan, los protejan y hasta los promuevan. La familia fundada en el matrimonio es aquella que las realiza de modo más estable, más exitoso y más barato para la sociedad. La conexión del amor conyugal, el matrimonio y la familia con la sociedad es el final de la secuencia del ecosistema del amor, del conjunto de eslabones que la naturaleza ha confiado a nuestra libertad.


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