Introducción

Este capítulo está dedicado a entender la estructura de la unión conyugal; veremos en él las características arquitectónicas de esa unión a la que llamaron matrimonio o unión conyugal, y por qué el adjetivo ‘conyugal’ se debe a los atributos, derivados del amor conyugal, que integran el matrimonio. Nuestro propósito será sentar las bases imprescindibles para poder entender el capítulo siguiente, que habla ya sobre los “noviazgos de alto riesgo”. Éstos se llaman así puesto que un noviazgo de alto riesgo no es sino aquél que se dirige a integrar una estructura conyugal real y por tanto encontrará serias dificultades para tener una dinámica matrimonial real y por lo tanto para lograr las bondades y bellezas que este tipo de amor promete a quienes en realidad lo emprenden.


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Qué tipo de ser es el ser conyugal

En principio, consideramos que es necesario abandonar dos perspectivas sobre la unión conyugal que desde nuestro punto de vista son erróneas.

1.- Por un lado, el error de suponer que el llamado vínculo matrimonial se identifica con ‘algo’ que une a los cónyuges, que los enlaza y mantiene unidos. Es decir, que el vínculo matrimonial es un elemento extrínseco a los cónyuges. Bajo esta visión, muy frecuente, el matrimonio sería ese nexo que entrelaza a los cónyuges pero que no es ellos mismos sino algo ajeno a ellos. Ese vínculo externo podría provenir de una autoridad civil o eclesiástica o bien, despreciando el poder público pero exaltando la autoridad privada de los amantes, podría ser algo que ellos diseñan como un traje a la medida de sus muy particulares y subjetivas necesidades. El resultado final de este enfoque sería una absoluta suplantación de la ecología humana de los amantes como elemento objetivo y estructurante del matrimonio, así como del consentimiento de los amantes como su única causa eficiente. Consideraría que el vínculo y la unión de los amantes no son lo mismo, por lo que el vínculo, al estar fuera de ellos, no compromete lo que ellos son sino sólo lo que ellos hacen. En otras palabras, la unión se limitaría al obrar. Aquí surge una pregunta crucial: ¿Es el matrimonio un modo de ser o sólo es un modo de comportarse? Tomando en cuenta que primero somos y luego obramos como somos, podríamos concluir que el matrimonio afecta al ser de los amantes, es una autoconformación real de naturaleza humana. Ésta conformación en unión se encuentra radicada como potencia en la naturaleza masculina y femenina. Por lo tanto la unión conyugal y el vínculo matrimonial son lo mismo, es decir, el vínculo es la unión misma del ser de los amantes, ser una unión de naturaleza humana es el ser del matrimonio.

2.- La segunda manera que parece equivocada de concebir el vínculo conyugal lo constituye, aquella escena que ve tanto en el consentimiento fundacional como en la unión conyugal ya fundada una insuperable dualidad. Bajo este punto de vista, los amantes serían siempre irreductiblemente dos sin posibilidad de conformar una única unidad de sus naturalezas.La visión dual discrimina la unidad substancial del matrimonio consagrando la dualidad como destino final de nuestro horizonte de comunión interpersonal. Sin embargo, como ya ha sido mencionado, el consentimiento matrimonial no es dual, sino que es la conjunción de dos voluntades que se unifican en una sola y es ésta la que funda la unión conyugal.

De las consideraciones hechas hasta ahora se pueden formar algunas conclusiones:
a) La esencia del matrimonio es la unión misma, ser una única unidad.
b) Esta unión implica el ser y a partir de ahí compromete el obrar de los amantes.
c) Ser varón y ser mujer son términos que significan un modo de ser relacional y que a partir del amor conyugal y en virtud del matrimonio devienen en los términos de esposo y esposa.

Más aún, y en oposición a los puntos de vista erróneos expuestos anteriormente, se puede decir que el varón y la mujer son enteramente persona humana, pero en su unidad, posible gracias a su potencial complementariedad, alcanzan una plenitud de su ser que se expresa en su unidad. Nos referimos a una plenitud que la sola escena individual no tiene; ser relación es un modo más exquisito que ser soledad. La conyugabilidad se encuentra inscrita en la misma condición sexuada de la persona varón y mujer. Ésta es una característica ecológica del ser humano. Esto quiere decir que al varón y a la mujer, para constituirse en esposos, les basta hacer actuar la potencia de unión contenida en su misma naturaleza, es decir, su conyugabilidad. Además, para lograrlo no necesitan de ningún otro poder humano, ni de ningún tercero intermedio, que cause su unión. De hecho, cualquier poder externo a ellos es impotente para unirles conyugalmente. Sabiendo esto, podemos deducir tres consecuencias: primero, que ser varón es un modo de ser conyugable con la mujer y viceversa. En segundo lugar, que la conyugabilidad es una potencia inherente a la naturaleza del varón y de la mujer. Poner ese modo de ser ‘unión’ en la existencia real es un poder exclusivo de la voluntad y por tanto un derecho innato de la persona. En tercer lugar, los amantes se unen en lo que son varón y mujer, espíritus personales y cuerpos sexuados diversos y complementarios.

Cómo se estructura el ser conyugal

El poder soberano de fundar el ser conyugal le corresponde en exclusiva a la voluntad libre y racional de los amantes (al llamado consentimiento matrimonial). Lo que queremos destacar en esta sección es lo que los amantes hacen mediante dicho acto voluntario, bajo qué título lo hacen y cuál es el objeto al que dicho acto voluntario se dirige. Constituirse en Don-Acogida-Don como forma conjunta y biográfica de ser es unirse conyugalmente. Unirse conyugalmente, a su vez, es instituir esa dinámica en nuestra forma de ser. Darnos y acogernos en el orden de lo conyugal contiene una dimensión de correspondencia por complementariedad, lo que significa que la perfección del don exige el concurso de otro movimiento, el de acogida. Así, lo diverso se constituye en complemento.

El paradigma conyugal de esta dinámica es la cópula y su efecto expansivo sobre el mundo que los amantes componen, pues, en principio, entregar el propio cuerpo y acoger amorosamente el de mi cónyuge implica dar y acoger lo más íntimo que somos, y esa dinámica se expande en dar y acoger las ilusiones, proyectos, angustias o tristezas de los amantes. Existen también otras acciones más ordinarias que ilustran también la dinámica del consentimiento matrimonial. En ella, es el movimiento del don el que detona o inicia la dinámica, pero ciertamente es la acogida la que lo perfecciona, la lo convierte en el don que el movimiento quiere ser. Darse inicia la dinámica, pero acoger, con frecuencia el movimiento más difícil, la perfecciona. Acoger es algo más profundo que el sólo conocer, es reconocer, aprobar lo que se nos ofrece, y hacer que penetre en nuestra intimidad. Para hacer mío el don, sin embargo, se exige un reacomodamiento interior, hacerle un sitio justo y proporcionado al don que se me está ofreciendo. La acogida produce dos efectos: por un lado es la condición de perfección del don, pero por otro modifica a quien acoge, enriqueciéndolo. Así se inicia un ciclo en el que la respuesta a un don se convierte en otro don que exige también la acogida por el otro. Cuando, oponiéndose a este ciclo, existe un rechazo sistemático a de los dones del otro que se convierte en un hábito conyugal se va minando como germen cancerígeno la relación amorosa, hasta llegar a un punto en que el espiral invertido va poniendo cada vez más distancia entre los amantes, deshilachando la unión.Hemos de recordar también que la unión conyugal es la unidad espiritual a propósito de la unión corporal. Por eso, la más profunda comunicación es espiritual y no física, por muy juntos que estén los cuerpos. La comunicación íntima se va construyendo cuando a partir de las potencias del cuerpo se comunica el espíritu, y eso es un proceso, una conquista con un sinfín de horizontes cada vez más hondos y profundos. En pocas palabras, el protagonismo de la unión es espiritual y no físico.

Para comprender por entero la integración del ser conyugal es preciso observar las diversas escenas de la dinámica amorosa como un único conjunto unido. En una primera escena, veremos la dinámica del don de un amante que se perfecciona y corresponde con la acogida del otro, la cual se revierte en don. En una segunda escena, observamos el don de éste último amante que se corresponde y perfecciona con la acogida del primero y su respectiva realimentación en don. En una tercera escena, la complementariedad actúa entrelazando en espiral ambas dinámicas, como una trenza. Pero hay una cuarta escena, que resulta esencial para la comprensión del ser conyugal: ésta es la perspectiva del conjunto, es decir, la escena de algo además del “tú” y del “yo” que constituye un único “nosotros”. Es una consciencia del único nosotros que somos juntos y que en tanto “nosotros” lucha contra todo lo que pueda ponerlo en riesgo. Ser unión y mantenerla, a pesar de las adversidades del tiempo es el mayor bien o bondad del matrimonio, pues significa para los amantes comunicar su intimidad elevándola a una categoría superior, la de co-ser su intimidad. La diferencia entre estas escenas es que mientras en las tres primeras cada amante permanece como cónyuge singular, la última pone de manifiesto que hay algo más que la sola suma de dos individualidades: la unión. Y es que precisamente el objeto intencional del consentimiento es unirse. Ser unión es lo querido, pretendido y asumido al casarse. Fundar la unión es casarse y, a partir de ahí, se ha de emprender la tarea conjunta de perfeccionar, conservar e incluso de restaurar la unión si fuese necesario. La clave para distinguir un amor conyugal real de otros que no lo son es la integración de estas escenas y su constitución en nuestro modo de ser. La madurez para lo conyugal exige la capacidad del amante de hacer que la unión y su dinámica amorosa se transformen en identidad biográfica. Gracias a esta transformación cada cónyuge se sabe y se siente corresponsable del conjunto y de su destino.Para lograr esto, resalta la importancia decisiva que tiene que los amantes estén suficientemente capacitados y equipados para dar el paso de la individualidad al conjunto, ser capaz de trascenderse a un único conjunto unido, manteniendo la madurez de ser simultáneamente cónyuge singular que aporta a la dinámica y al mismo tiempo actuar como custodio y garante del conjunto unido del “nosotros”. Esta capacidad de los amantes se precisa en los diversos momentos históricos de la unión.

Si se pierde de vista la unidad del conjunto, es fácil olvidar también que la unión no se asienta en una igualdad uniforme entre los amantes vistos en dualidad, sino que se soporta precisamente en la diversidad. La unión no es fruto de la igualdad o coincidencia, sino de la capacidad de los amantes de constituir un único principio estructural y dinámico, una única voluntad conjunta de co-ser y en consecuencia, de conservarla, perfeccionarla o restaurarla como su co-obrar.


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Las características estructurales del ser conyugal: la arquitectura de un único nosotros.

Las características fenomenológicas, que a modo de inclinación o tendencia derivan del amor conyugal, son las siguiente: ser una unión, biográfica y exclusiva, inclinada a ser cauce del amor recíproco y procreativa de nuevas vidas personales como su dimensión de sentido. Esto implica aún otras características que discutiremos a continuación:

Primera.- Que el co-ser es exclusivo y biográfico, significa que sólo existe entre un sólo hombre y una sola mujer y que se proyecta durante su vida. Tanto es así, que el rompimiento, contrario al impulso exclusivo y biográfico y posible por mil vicisitudes, se experimenta siempre como un fracaso y sus consecuencias se consideran negativas y hasta devastadoras de las biografías de los amantes. Los elementos de la nueva co-intimidad exclusiva y biográfica del amor conyugal se soportan en tres dimensiones de nuestra propia naturaleza:
A.- En la unidad de toda persona entre su cuerpo y su espíritu.
B.- En nuestra capacidad real y nuestra profunda necesidad de totalidad del don y acogida de nosotros mismos y de aceptación del otro.
C.- En la diversidad y complementariedad natural entre el modo masculino y femenino de ser personas humanas, en cuyo complemento hay una escena; la unidad, ‘el ser conjunto’ de evidente bondad y belleza de nuestra humanidad.
Queda claro que también influye en la creación de la co-intimidad la mejor o peor preparación de los amantes para una entrega así, las posibles dificultades que enfrenta su realización histórica durante la vida de la unión y los no poco frecuentes abusos con que se suele fragmentar esta ecológica tendencia del amor bueno y bello. Además, parece evidente que si la persona de los amantes se implica de modo real en el don de sí y en la acogida del don del otro, la unión compuesta por ellos posee un valor en sí misma tan radical y permanente como lo es el valor de cada uno de los amantes.

Segunda.- Otra característica distintiva de la unión conyugal corresponde a la incondicionalidad del don y la acogida. La incondicionalidad fortalece la confianza íntima trascendiendo utilidades, funciones y roles, trasladándose a la totalidad de los lazos familiares. Por eso, los esposos, los padres, hijos y hermanos se asumen como los incondicionales, por encima de las vicisitudes de la vida y sus hostilidades, por encima de los talentos, habilidades o destrezas, de la salud o enfermedad, de la fortuna o pobreza en la que se encuentren. Esta incondicionalidad del amor conyugal se explica y comprende a partir de la natural incondicionalidad de cada quien consigo mismo, pues la unión conyugal supone la entrega y acogida recíproca de las intimidades, la acogida, por lo tanto, de la ‘tuya’ como ‘mía’ y la entrega de la ‘mía’ como ‘tuya’, por lo que el amor no es ‘a otro’, sino que habiéndose hecho mío el otro, es amor a mí mismo, a mi propia carne. La capacidad de amar de cualquier amante no es sino la expresión del amor a sí mismo cuando en el lugar de ‘sí mismo’ ha permitido la instalación del otro. La incondicionalidad explica también la transformación de la predilección a mí mismo por la predilección del otro.

Tercera.- La unión conyugal presenta otra nota distintiva: la totalidad y plenitud del don y la acogida. Una hace referencia a todo lo que se es como varón y como mujer, incluida la potencia de ser padre o madre, y la otra a la extensión espacio temporal o durabilidad, es decir, el tiempo que dura ser este varón y esta mujer. Basándose en este último punto, es necesario recordar que cada uno es quien es, un mismo y único “yo”, desde el principio y hasta el fin de su vida.Este permanecer cada uno en su propia identidad significa que, si la entrega y acogida es entera, la conjunción es biográfica, la existencia pasa de ser soledad a ser unidad: somos los mismos pero unidos. La ciencia matrimonial y la experiencia clínica y psicoterapéutica han puesto de relieve diversos escenarios que nos permiten ver con mayor claridad la necesidad de las características de totalidad y plenitud de la unión conyugal real. En primer lugar, los escenarios de poligamia y su modalidad femenina, la poliandría, no permiten que el esposo se de entero a cada una de las esposas, ni que cada una de estas reciba por entero al esposo, sino de modo compartido, lo que necesariamente lleva a repartos de roles y funciones en un plano de marcada desigualdad y privilegio. En segundo lugar, las diversas formas de la promiscuidad impiden la implicación entera de la persona, disociando la entrega del cuerpo de la implicación de la persona. En tercer lugar las conductas excluyentes de la fidelidad y exclusividad propias del amor conyugal implican quiebras profundas a la íntima compañía y a la confianza con la que esta se construye durante el tiempo. Ser unión, mantenerse, perfeccionarse y restaurarse es el primero y mayor bien de los esposos y esto comporta una forma de vida, da sentido a la conducta de los amantes, exige comportamientos que formen hábitos.

Cuarta.- Además de las características de la unión conyugal que hemos visto en este apartado, es preciso destacar que la unión conyugal no es rígida e inamovible, sino que es dinámica, teleológica, se dirige a algo contenido como posibilidad suya y que reclama actualización, realización, el paso existencial de ser sólo posible a ser real. Esto permite perfeccionamiento o degradación, y por lo tanto el perfeccionamiento del matrimonio es tarea ardua y nunca algo definitivamente conquistado por los amantes.


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