Introducción

Habiendo estudiado ya la estructura del matrimonio, trataremos ahora de exponer las complejas sombras del amor conyugal, es decir, las desviaciones, enfermedades o anomalías que afectan la estructura del matrimonio.El juicio sobre toda anomalía o disfunción es resultado de un ejercicio comparativo entre dos polos, uno de ellos constituye el modelo normativo que sirve de base al juicio, mientras el otro es la realidad específica que se pretende evaluar. Los escenarios que veremos aquí son complejos, porque en este tema del amor, debuta por igual lo más bello y profundo, y lo más superficial e inconfesable de la naturaleza humana. El amor tiene la complejidad de la persona, y los escenarios que veremos aquí responden a causas a veces desconocidas incluso para los amantes, o bien se deben a complejos entramados psicológicos o a inéditas situaciones biográficas. Tales escenarios son, sin embargo, predecibles, diagnosticables y evitables por los novios oportunamente antes de casarse. El éxito posible de un matrimonio con estructura conyugal será conquista cotidiana de los esposos, que con sus conductas y hábitos la hacen realidad. Las posibilidades están en el matrimonio, el éxito está en la vida matrimonial. Toda vida matrimonial exitosa parte de una estructura conyugal real que ante todo la hace posible.

 

El riesgo de los amantes incapaces o imposibilitados para un amor conyugal real

6.1 El riesgo de los amantes incapaces o imposibilitados para un amor conyugal real
Si el consentimiento libre y racional es la única causa eficiente del matrimonio y éste consiste en un acto de voluntad por el que varón y mujer se dan y aceptan entre sí, este ‘donarse y aceptarse’ conyugalmente requiere en el amante una previa dosis de ‘gobierno y posesión de sí mismo’ que lo posibilita para que pueda haber real y verdaderamente una donación y una aceptación recíprocas. Hablar de capacidad, en materia conyugal, es aludir a aquel grado ‘suficiente’ de gobierno y posesión de sí mismo que el amante necesita tener para poder donarse y para poder acoger de modo conyugal real.

En principio, no existe ninguna enfermedad o anomalía de origen físico, con excepción de la impotencia sexual, que sea incompatible con el amor conyugal. El matrimonio no es un modo de vida elitista y reservado a los mejor dotados de la tierra, todos podemos dar de verdad lo que somos como varón y mujer, y ser igualmente acogidos por entero, de modo pleno y total. El amor conyugal exige don y acogida real pero no perfección biológica ni estética. En este apartado nos referiremos a aquellos escenarios que implican un estado de imposibilidad en el amante para el amor conyugal real, es decir que aún queriendo no pueden. Trastornos psíquicos, por ejemplo, pueden afectar gravemente las funciones de las facultades psicosomáticas, intelectivas y volitivas que el amante necesita tener para poder dotar a su consentimiento de aquel nivel de libre y racional voluntariedad que es indispensable para que la acción de darse y acogersea realmente eficiente.Existe pues, una relaciónentre un hecho de índole psíquico y un efecto en materia de capacidad de amar, pero esta relación no es automática ni ocurre necesariamente, por lo que siempre habrá que atender al caso particular del amante singular.

Si profundizamos en la acción fundante de la unión conyugal podemos distinguir tres dimensiones que nos ayudarán a definir la capacidad para estructurar un matrimonio real, cuya ausencia o grave defecto causa la imposibilidad. Se representan por tanto tres escenarios diversos de alto riesgo, pero relativos a la única capacidad de fundar la unión conyugal real. Estos tres criterios son:
1.- La capacidad o posibilidad del amante de hacer suyo el signo nupcial y de dotarlo de auténtico contenido conyugal.
2.- La posesión en el amante, de la discreción de juicio suficiente, para ser capaz de estructurar, con su inteligencia y su voluntad, aquí y ahora, una relación de amor realmente conyugal, además como categoría antropológica de su propia identidad, es decir, con el contenido de elementos estructurales propios y exclusivos del matrimonio y que ya hemos visto.
3.- La posesión en el amante de la capacidad para asumir, aquí y ahora, el conjunto de dinámicas que la unión conyugal implica y que la vida matrimonial exigirá en el futuro. Es decir, asumir hoy, con visión biográfica o futura, el conjunto de conductas y hábitos que la vida matrimonial exigirá durante su desarrollo histórico.

Para interpretar adecuadamente la capacidad para el amor conyugal hemos de tomar en cuenta las siguientes consideraciones:
1.- El concepto de capacidad no es un concepto vacío, es decir, se es capaz o incapaz respecto de algo no de nada. En nuestro caso, solamente el matrimonio y su estructura pueden servirnos como criterio para definir la capacidad de un amante. Es la fundación del matrimonio, su estructura y sus dinámicas aquello para lo que hay que ser capaz.
2.- La experiencia demuestra, por otra parte, que existen complejas encrucijadas psicológicas o insólitas situaciones biográficas que de manera muy variada, transitoria o habitual, pueden perturbar, en muy diversas medidas de intensidad, el proceso de comprensión racional de la realidad conyugal (inteligencia) o el proceso de libre determinación de un amante (voluntad) en la instauración de la estructura matrimonial y en la asunción de sus dinámicas. También es cierto que hay miles de amantes que, a lo largo de su vida, han pasado por alguna situación de perturbación o trastorno, sin que por ello se vea afectada necesariamente su capacidad para amar conyugalmente y para estructurar un matrimonio, asumiendo sus dinámicas fundamentales.
3.- ¿Cuándo podemos considerar que se afectaría el consentimiento de un amante por causa de un desorden psíquico, en tal medida que impida la estructuración verdadera de la unión conyugal? ¿Cuáles serían los criterios a partir de los cuales podemos decir con cierta seguridad que un candidato al matrimonio es un incapaz, un imposibilitado? Los tres criterios que fueron mencionados anteriormente son esenciales e integran la capacidad conyugal; por lo tanto, la ausencia de uno de ellos provocaría la insuficiencia entera del consentimiento como causa eficiente de la unión conyugal real. Esto se debe a tres razones principales:
a) La unión conyugal, el matrimonio, no es una edad biológica, algo que deviene o le sucede al amante casi sin darse cuenta. La unión conyugal real existe únicamente si su fundación es voluntariamente autobiográfica, causalmente referible a un acto singular fundante de los amantes.
b) Ser esposos es una co-identidad profunda.Es un modo de ser en reciprocidad, basado en la potencia de unión que la dualidad sexual contiene y que el consentimiento pone en existencia. Quien decide casarse decide darse a sí mismo la calidad de esposo como categoría antropológica de la propia identidad.
c) La unión conyugal entraña un proyecto común de vida, cuyo contenido consiste en la búsqueda conjunta su bien recíproco y de la apertura recreativa, procreativa y educativa de sus hijos. La combinación de las dinámicas propias del matrimonio y los proyectos particulares de los amantes compone al final la fisonomía irrepetible de cada matrimonio particular.

4.- Como la causa del matrimonio es el acto libre y racional de los amantes, y este es un atributo de índole espiritual, hablar de incapacidad para ello nos refiere al mundo de las anomalías, perturbaciones, disfunciones psicológicas, desordenes del psiquismo y en un grado extremo a enfermedades mentales. Una anomalía nunca es en sí misma la incapacidad para el matrimonio, sino las circunstancias de hecho sobre las que medir, siempre el caso particular de nuestro amado o amada, si en definitiva le privan de la capacidad para dotar al signo nupcial de contenido conyugal, o del mínimo suficiente de discreción de juicio, o de la posibilidad de asumir las dinámicas esenciales del matrimonio, que son las verdaderas incapacidades para la fundación de la unión conyugal.

5.- Por otra parte, si bien una anomalía no necesariamente produce una incapacidad, sin embargo, bajo toda incapacidad subyace siempre una anomalía; ser incapaz no es normal.

6.- No debemos confundir el nexo de causa-efecto que debe haber entre la anomalía psíquica y las formas de medir la incapacidad con la noción de gravedad.La idea de gravedad no se refiere a la causa sino al efecto final que tiene sobre la capacidad del amante. Muchas causas que aparentemente no son graves pueden tener efectos muy graves sobre la capacidad de amar conyugalmente.


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El proceso de elegir a un amante para cónyuge y sus escenarios de alto riesgo

En este apartado analizaremos una secuencia clave en la formación del consentimiento matrimonial: el proceso, a veces inadvertido, por el cual el entendimiento del amante aporta a su propia voluntad el objeto de dicho consentimiento, es decir, el proceso de elección de un amante para cónyuge. Para elaborar esta elección, es necesario adquirir previamente un conocimiento suficientemente real de la persona singular de nuestro amante, pero también de lo que es el matrimonio.La inclinación natural a adquirir este conocimiento es parte del auténtico sentido de todo preludio amoroso.

Los escenarios de riesgo que serán examinados aquí comparten ciertos elementos comunes:

1.- El matrimonio no se funda por entendido sino por querido, pero ciertamente la voluntad de los amantes no puede operar sin un mínimo real de inteligencia sobre el objeto en el cual recae. Nunca impedirán la estructuración del matrimonio por su carácter de anomalías del intelecto, sino en tanto afectan la voluntariedad del acto de fundar la unión conyugal y sólo en tales casos configuran escenarios de alto riesgo, porque la causa del matrimonio no es el intelecto sino la voluntad de los amantes.
2.- Existe una relación entre la inteligencia y la voluntad, de tal modo que esta última no puede operar sin contar con cierta información que procede de la inteligencia. Por otro lado, tales relaciones entre inteligencia y voluntad no son deterministas, es decir, muchas imperfecciones del entendimiento no impiden que un acto pueda ser plenamente voluntario. En los actos humanos, existe cierta independencia entre la inteligencia y la voluntad. Las personas podemos incluso actuar en contra de nuestras ideas y deseos, sin que dicha oposición impida o disminuya la voluntariedad de nuestro acto. Sin embargo, la persona puede y suele implicarse en forma plenamente voluntaria, en realidades muy importantes de su vida, de las que no tiene pleno y perfecto conocimiento.
3.- ¿Cuál es la razón de esta parcial independencia entre inteligencia y voluntad? La razón reside en el diferente modo como la persona se implica en el acto de entender y en el acto de querer.La inteligencia, aún cuando elabora un concepto real, no es la realidad en sí, sino un concepto adecuado mejor o peor a la realidad. La perfección de nuestro amante, por lo tanto, no es la de sus ideas, que pueden estar muy ajustadas a la realidad, sino la de sus actos voluntarios, la de sus conductas libremente queridas. La voluntad implica a nuestro amante en la propiedad de sus actos, de sus conductas. Con la voluntad, nuestro amante puede, él mismo, ponerse en su acción, en su comportamiento, es decir, haciendo dicha acción realmente suya, puesta en la existencia por él, siendo él mismo su autor, su dueño, su responsable.
4.- Sin embargo, a pesar de esta dosis de independencia entre inteligencia y voluntad, evidentemente existe una relación entre ellas, pues para poder originar una acción propia, es necesario en el amante un cierto conocimiento previo del objeto que pretende, que quiere, al que se dirige su voluntad. El intelecto no puede ofrecer un conocimiento perfecto y concluido sobre el objeto, puesto que no es la realidad en sí; basta, por lo tanto, que ofrezca un núcleo esencial, siempre y cuando coincida con la realidad. Sobre esta base, incluso mínima, pero ajustada a la realidad, la voluntad puede, si quiere, implicar enteramente al amante en su acción. Es evidente que no conoceremos jamás a perfección a nuestro amante, ni de modo perfecto lo que el matrimonio es e implica, pero estas imperfecciones no impiden que queramos plena, apasionada y voluntariamente a nuestro amante y la unión con él.


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El riesgo de los amantes falsificadores del amor conyugal y del signo nupcial

La ceremonia nupcial es un fenómeno de comunicación y como todo proceso comunicativo, admite ser falsificado. La falta de realidad matrimonial en el consentimiento que se manifiesta en el signo nupcial, es el denominador común de los diversos supuestos de riesgo que veremos en este apartado.Debemos estar atentos de no confundir el escenario de riesgo en sí mismo con las muy variadas, sofisticadas y cambiantes formas de simular, fingir o falsificar. La cantidad de vías de hecho por las que cada amante acaba emitiendo un consentimiento real se reproduce en la gran variedad de caminos que pueden llevarlo a fingirlo.El consentimiento es una realidad unitaria, pero en su interior es compleja, porque se compone de elementos diversos: dos voluntades internas, la de él y la de ella. En el consentimiento matrimonial real, el signo sensible no implica un nuevo acto de voluntad, diverso al consentimiento, sino sencillamente es la manifestación hacía el exterior, de modo sensible, de la voluntad interna existente en el amante. Hay una única voluntad conyugal, ésta única voluntad interior del amante incluye toda la secuencia de darse y aceptarse como esposos y, dentro de dicha secuencia, está la mutua comunicación necesariamente sensible que la expresa.

En el consentimiento fingido, el signo nupcial adquiere una autonomía anormal en la intención del amante falsificador, pues es lo único en lo que ‘consiente’ porque es, precisamente el signo, el medio que usa para aparentar, fingir, simular, dar a entender al exterior lo que no es real en su interior. En el consentimiento real, la voluntad interna del amante contiene íntegra la esencia del matrimonio, es decir, aquellos elementos estructurales que constituyen su realidad objetiva. Esta realidad es el gran valor que se ausenta en este escenario de riesgo para el matrimonio y esto se presenta de dos maneras:
1.- Por un lado, el pacto nupcial ha de ser real, en cuanto debe ser signo al exterior de la existencia real en el ánimo interno de cada amante de la voluntad de conyugarse. Lo que la voluntad de los amantes no aporta la pura ceremonia no lo puede dar.
2.- Por otro lado, la voluntad interna ha de querer íntegra (sin alteraciones ni falsificaciones) la estructura esencial del matrimonio tal y como ella es: una unidad exclusiva, de toda la vida, que se ordena al bien de los esposos, ha formar una familia, procrear hijos y educarlos.

Las vías de hecho, que conducen a un amante a la falsedad pueden ser muy diversas. Se trata de un complejo entramado de motivaciones, concepciones y pretensiones subjetivas que, a través de sofisticados mecanismos psicológicos, y a veces de insólitas y particulares circunstancias biográficas, impulsan o motivan al amante a querer un signo nupcial al que le falta todo o parte de los elementos y propiedades estructurales del matrimonio. Toda falsificación del amor conyugal y del signo nupcial contiene tres elementos:
1.- Se sostiene sobre la voluntad del amante. Es decir, es un acto que origina voluntariamente el amante, por él mismo y con conocimiento de su propósito.
2.- La intención del amante falsificador implica un falseamiento voluntario y objetivo del real contenido conyugal del signo nupcial.
3.- La voluntad del amante es suplantadora, es decir, implica una sustitución de la real voluntad de conyugarse por otra diversa, suplantación que provoca la exclusión de todo o parte del contenido conyugal real.


Ver vídeo Cap. 6.3